La coyuntura alimentaria que enfrenta el mundo es, por estos días, motivo de diversos estudios y análisis por parte de especialistas en el tema. Sin embargo, sin desconocer posiciones y razonamientos muy respetables sobre lo que le espera a Colombia en materia agropecuaria, en el gremio ganadero consideramos que, de continuar igual, el campo no gozará exactamente de un panorama esperanzador.
Bajo una fuerte ola de críticas y sujeta a toda clase de reacciones, la opinión pública conoció recientemente los decretos que prohíben vender leche cruda, así como el plazo perentorio de seis meses que tendrán los pequeños productores y comercializadores lácteos para dejar de distribuir su producto en cantina y entregarlo únicamente a las pasteurizadoras. La controvertida medida estatal se suma a otras que durante los últimos años han sido objeto de discusión y cuestionamiento, no solo por parte de los representantes y productores del sector agropecuario, sino también por líderes gubernamentales, periodistas y empresarios que comprenden la importancia de crear, difundir, sostener y gerenciar una política agropecuaria para Colombia, con perdurabilidad en el tiempo.
Ante la frecuente creación de decretos prohibitorios para el sector que limitan su crecimiento, ante la distribución de subsidios a determinados sectores del campo y ante el inminente apoyo que se le quiere dar al tema de la producción de biocombustible, podemos concluir que el rumbo del sector agropecuario colombiano depende en gran medida de la suerte que la palma y la caña de azúcar puedan brindarnos. Pero cabe entonces preguntarnos: ¿será que de biocombustible vamos a vivir?
En diversas ocasiones hemos expresado nuestra satisfacción por el apoyo que se le está brindando al campo colombiano con la incentivación de la producción de biocombustibles, insumo que seguramente será de gran utilidad para el país. Este proyecto, no solo cuenta con el decidido respaldo del Ministerio; también cuenta con un plan de desarrollo para los próximos años, subsidios para impulsar su crecimiento y una serie de estudios que aseguran el éxito de la iniciativa. Pero en medio de la euforia, vale la pena preguntarse cuándo otros sectores del campo podremos contar con un amparo institucional similar, que apalanque nuestro desarrollo. Sería importante que las diferentes áreas productivas del agro, supiéramos cuál es la política gubernamental para impulsar a cada productor, qué espera el país de nuestra gestión, qué proyecciones tenemos, cuál será el apoyo que recibiremos del Gobierno y cómo lograremos el equilibrio necesario para subsistir todos en el mismo territorio, sin caer en el canibalismo que puede llevar a demostrar que aún no están dadas las condiciones para garantizar a los ciudadanos la seguridad alimentaria del país.
Cuando se desconoce la realidad del sector rural, resulta fácil afirmar que la ganadería es improductiva, que en el país hay miles de hectáreas de tierra desaprovechadas, que algunos productores agropecuarios no han alcanzado los indicadores de calidad y productividad que se esperaban, que en determinados casos sería más rentable importar ciertos alimentos, que en algunas ocasiones los subsidios aperezan a los productores que se acostumbran a vivir de ellos y otras tantas frases que se han destacado recientemente en los medios de comunicación. Sin embargo, lo que llama la atención es que, siendo Colombia un país de esencia agropecuaria, y comenzado a sentir el efecto de la crisis alimentaria a nivel mundial, el plan estratégico del sector esté enfocado principalmente en fomentar la producción de biocombustible. Sin duda, puede ser un proyecto con excelentes resultados económicos, pero no podemos pensar en un campo desfragmentado. Valdría la pena escuchar las necesidades de los otros sectores agrícolas y pecuarios que también podrían jugar un rol estratégico en el desarrollo de Colombia, así como comprender que el fomento a la diversidad agrícola y pecuaria puede ser una de las ventajas competitivas del país. Valdría la pena dedicar los mismos esfuerzos a pensar en la política social para reubicar a los campesinos desplazados por falta de garantías y a todos aquellos que quedarán desempleados a causa de la implementación de decretos prohibitorios. Valdría la pena destinar sumas de dinero suficientes para otorgar subsidios educativos a los más de 720 mil niños campesinos que no pueden acceder a la educación. Valdría la pena demostrar con acciones claras y concretas que buena parte del futuro de Colombia está en el campo y que los campesinos, como mano de obra, deben tener un plan que les permita visualizarse dignamente como profesionales del agro. Valdría la pena que empezáramos a comprender que nuestra riqueza cultural está representada en buena medida por nuestra diversidad alimentaria.
La falta de una política integral en el tema agrario ha demostrado que sólo trae más pobreza y aumenta el desempleo. Los planes a mediano y largo plazo para el sector agropecuario deben ser como una brújula que evite equivocaciones en el camino a emprender y minimice las coyunturas actuales.
Y si los argumentos de los voceros del sector nacional no son suficientes, vale la pena mirar las experiencias recientes de países vecinos: Por un lado, Brasil, gran potencia agropecuaria de Suramérica, ha entendido integralmente al campo como un gran aliado para resolver su problemática alimentaria, económica y social. Por el otro, Argentina, ha invertido más de cinco meses en resolver el conflicto con los productores agropecuarios como consecuencia de una serie de medidas autoritarias y prohibitorias, que tiene en vilo la continuidad de su gobierno actual.
Estamos a tiempo aún de planear estratégicamente el futuro de Colombia como una nación donde el campo aporte de manera integral y diversa a la economía nacional. Es momento de hacer elecciones estratégicas y de integrar esfuerzos entre el Ministerio y los diferentes representantes del sector, para construir una visión conjunta del agro. Colombia se prepara para ser protagonista de diversos tratados de libre comercio, en donde tendrá la oportunidad de exportar sus productos a distintas regiones del mundo y podrá aprovechar múltiples oportunidades de mercado que le brinda el hecho de ser considerada una despensa alimentaria mundial. Pero si perdemos de vista que las oportunidades deben ser para todos y que el respaldo equilibrado del desarrollo de los diferentes productos agropecuarios, más que una posibilidad debe ser una necesidad, tocaremos entonces a las puertas de 2010 afirmando tardíamente que solo de biocombustible no logramos sobrevivir.
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