Ha venido incrementando la preocupación de diferentes sectores económicos y gubernamentales del mundo, frente a la posibilidad de estar ad portas de un desabastecimiento alimentario nunca antes imaginado, pues dice la FAO en su más reciente estudio, que las reservas alimenticias del planeta han alcanzado su punto más bajo en 35 años.
Las causas de la crisis alimentaria son múltiples e involucran un sinnúmero de factores que hacen más complejo aún su control. El crecimiento demográfico, especialmente en Asia, la alta demanda energética, el alza en los precios del petróleo, la gran demanda de biocombustibles que han cambiado la esencia productiva de muchas tierras cultivables, la depredación de los bosques, las diferentes consecuencias del cambio climático como sequías, heladas e inundaciones, la urbanización de tierras cultivables, e incluso la distribución desigual de territorio, ponen sobre la mesa la escasez de alimentos, como uno de los temas de mayor impacto para la sociedad contemporánea.
Unido a lo anterior, se encuentra el alza permanente y constante de los costos de algunos de los productos básicos de la canasta familiar como los huevos y la leche. El precio de la leche en polvo, por ejemplo, se ha incrementado en un 60% debido a que se han agotado los inventarios mundiales.
Y aunque la situación podría traer consecuencias de enorme gravedad, los colombianos deberíamos hacer una lectura preventiva, alejada del pesimismo y de las frías estadísticas, para entenderla como una oportunidad para países que, como el nuestro, tienen una alta vocación y conocimiento agropecuario.
Nuestro país, con su gran riqueza y diversidad natural, está llamado a potencializar su esencia agropecuaria para el autoabastecimiento nacional y para proveer alimentos a los países que así lo demanden, a través de exportaciones diversificadas. No obstante, para alcanzar este liderazgo mundial, se requiere trabajar desde diversos sectores económicos y sociales del país, de manera que todas las miradas recaigan nuevamente en el campo colombiano, para fortalecer su proyección.
Por un lado, el soporte gubernamental se hace indispensable. No solo necesitamos de la continuidad de la Política de Seguridad Democrática, que ha permitido a ganaderos y agricultores regresar a sus fincas, retomar sus trabajos y generar empleos. También se requiere el apoyo de mejores líneas y tasas de créditos, para fomentar la inversión y el mejoramiento de instalaciones productivas.
Así mismo, los incentivos económicos a nuevas Pymes, la capacitación para profesionalizar la mano de obra y el fomento al cultivo diversificado de productos agrícolas, el involucramiento de los estudiantes de carreras agropecuarias en proyectos productivos, podrían convertirse en un importante aliciente para que desde diferentes sectores se trabaje por la consolidación de la vocación agraria de Colombia.
Al generar nuevos negocios vendrían también nuevas y mejores oportunidades y garantías para los campesinos y sus familias, quienes han sido grandes víctimas del conflicto colombiano y cuyo desplazamiento a las ciudades, no solo ha generado un incremento en las cifras poblacionales y de desempleo, sino que ha desprovisto al campo de su mano de obra primordial.
De otro lado, la agilización de los trámites de adjudicación de tierras expropiadas es otra de las alternativas que urge asegurar. Las miles de hectáreas que hoy se pierden en la maleza mientras los procesos judiciales son resueltos, podrían fomentar el desarrollo de mayores programas de producción agrícola y reforestación, en los cuales, la población desplazada y reinsertada del país, encontraría fuentes alternativas y atractivas de empleo.
La solución a la crisis alimentaria, así como el fortalecimiento de Colombia como país abastecedor agrícola, no está solo en manos del Gobierno. Quienes lideramos entidades agropecuarias debemos propender por este objetivo desde nuestras acciones diarias. Debemos trabajar más en aumentar las campañas comunicacionales de apoyo a los productos nacionales. El ingreso de nuevas alternativas gastronómicas, no solo están desplazando el consumo de productos nacionales, sino que están invirtiendo el orden de los productos colombianos en la dieta nutricional de los ciudadanos. Casos exitosos como Juan Valdez o la campaña de consumo de carne argentina, deberían ser estudiados y aplicados a diversos productos alimenticios nacionales en vía de extinción.
De igual forma, todos los ciudadanos pueden aportar lo propio para lograrlo, con su apoyo al consumo de productos nacionales que incremente la demanda de mercado y que sirva como incentivo para que el campesino no abandone su tierra y el dueño de grandes extensiones, invierta en ella para hacerla más productiva.
Desde Asocebú seguiremos insistiendo en la importancia de Volver al Campo, que, más que un concepto, debe convertirse en una política permanente de Estado. Hacerlo, preocuparnos por el desempeño de este importante sector, por su fortalecimiento, en buena medida puede ser la alternativa para revertir el preocupante comportamiento de los indicadores alimenticios mundiales. La solución al desabastecimiento alimentario, al menos en Colombia, está en manos de todos.